Crítica de “La Gitanilla” | Fundación Teatro de La Abadía

Mariana Wainstein trae de vuelta “La Gitanilla” al Corral de Alcalá,  la última producción de La Abadía para este espacio -tras ‘Enmudecer con hablar’ y ‘Elecciones y divorcios’-, una versión de Álvaro Malmierca de la primera Novela Ejemplar de Cervantes, tras su estreno en Clásicos en Alcalá que reivindica que Don Miguel también sabía montar un buen sarao.

Por Cris |  En Alcalá, eso de que Cervantes no era solo el señor del Quijote y los molinos es algo que tiene que sonar casi sin querer y sin haber sido capaz de leerte su bestseller más viral. Porque Don Miguel, el “monigote” más popular de la jerga alcalaína, también sabía de gitanas listísimas, de nobles empanados de amor y de suegras con más cuento que el Lazarillo.

Esos protagonistas traen de vuelta al Corral de Alcalá “La gitanilla”. Después de estrenarse el verano pasado en el Festival Iberoamericano del Siglo de Oro Clásicos en Alcalá, La Abadía la recupera como quien recupera una joya que se te había quedado en el camerino. Y es que, se trata de la tercera entrega de su proyecto para consolidar este corral único en Europa -el más antiguo conservado – y para que el patrimonio cervantino no huela a naftalina. Y vaya si lo consigue, incluyendo lo de ejemplar en eso de jugar a teatro dentro del teatro.

Mariana Wainstein dirige esta fábula sobre la identidad, sobre cómo nos hacemos a base de contexto, prejuicios y ganas de ser libres a través de una metateatralidad sumamente divertida de la mano de una troupe nómada que llega, monta el chiringuito y luego se va. Muy de corral, muy de gitano, muy de ahora, donde pasado y presente con gracia se dan la mano.

Y si todo funciona es también porque la versión de Malmierca es un 10. No es Cervantes en vitrina. Es lenguaje de hoy, pero sin romper ninguno de los ejes Cervantinos: sigue estando el choque entre el pueblo gitano y la corte, sigue estando la búsqueda de identidad, de familia, de amor del que no asfixia.

Un viaje sobre lunares y luz neón

Si por lo que fuera no te leíste las Novelas Ejemplares, te cuento que “La gitanilla”tiene como prota a Preciosa, una joven gitana criada por su abuela, guapa, lista y con más pretendientes que una influencer en Feria. Aparece Juan de Cárcamo, noble de alta alcurnia, que flechado instantáneamente, le pide matrimonio. Y ella, que no es tonta, y muy moderna, le suelta que tiene que pasar dos añitos conviviendo con su gente y luego se hablaría la cosa. Un amor a prueba de prejuicios, de clase y de aventuras que es pura comedia de capa y espada, pero contada desde donde importa hoy: la libertad de una mujer para elegir quién quiere ser.

Un texto y una versión necesaria que es todo un canto a la interculturalidad que no da lecciones. Es una invitación a superar prejuicios sin pancarta, centrando la mirada donde debe: en Preciosa y su derecho a decidir. En cómo el amor no es posesión sino pacto. En cómo la diferencia de origen sigue condicionando hoy, 400 años después. Y Wainstein lo refuerza con un elenco todoterreno espléndido. 

Un proyecto corral delicioso en el que doblan, triplican y cantan, Judit Molina, Javier Cordón, Georbis Martínez, Rey Montesinos y Antonio Dueñas. Y quiero destacar con mención especial a los dos últimos que ya me habían ganado en “Elecciones y divorcios”. Son la vis cómica, el tempo, la gracia justa. Cuando salen, el Corral respira. Dueñas dice el verso como si estuviera pidiendo un café y Montesinos convierte cada aparte al público en una fiesta. Acertadísimos y bravísimos.

Una propuesta muy vistosa , dinámica y festiva que desfila su complicidad utilizando una escenografía y vestuario sencillo y versátil a base de lunares que sirve para ser gitano, noble y músico sin cambiarse tres baúles en la que también hay música en directo, con canciones que van del romancero a un rollito popero. 

¿Resultado? Una apuesta segura por “La gitanilla”, un planning vistoso, dinámico, festivo y tremendamente contemporáneo sin traicionar a Cervantes. De esos clásicos con alma de hoy que gustará al cervantista que subraya ediciones críticas y al que se quedó dormido leyendo la novela en el instituto y que consigue tronchar de risa hasta una niña del siglo XXI, sin móvil, sin filtro, a pura comicidad de verso y gesto. Algo verdaderamente ejemplar. 

Deja una respuesta