Dentro de la espléndida programación con la que el Corral de Alcalá celebra sus 450 años, llegaba una soberbia inclusión al Olimpo con ‘Prometeo, Bufón y Mártir’, una teatralidad bufónica escrita y dirigida por Marco Zoppello e interpretada por Alberto Castrillo-Ferrer en la que Prometeo se ríe de Zeus y nosotros con él.

Por Cris | Pues sí, el Corral de Alcalá es uno de los teatros más bonitos del mundo – eso es así, no hay discusión – y lo que pasó el jueves y el viernes fue de esas noches que te recuerdan por qué seguimos yendo.
Porque en ‘Prometeo, Bufón y Mártir’ no hay telones que vuelan, no hay pantallas. Es economía pura: palabra, gesto y fuego. Literal. Con eso Marco Zoppello levanta una epopeya mitológica que cabe en una tarima.
La historia ya la saben – y si no, no se preocupen, que cuenta con un prólogo para ubicar apto para todos lo públicos- : Prometeo roba el fuego, se lo da a los humanos, Zeus se cabrea y lo encadena a una roca para que un águila le coma el hígado todos los días. Fin del resumen de la ESO. Lo interesante es cómo lo cuenta Zoppello. Y ya adelanto que la risa es su más fiel arma.
Porque no lo hace desde la solemnidad, más bien le da las llaves a Dioniso, dios del teatro y de la cogorza, el mejor guía posible, para presentar ese popurrí de dioses archipopulares que desfilan por la escena de ‘Prometeo, Bufón y Mártir’, una bufonada, pero de las que “duelen”. Y es que, entre carcajada y carcajada, te retrata la que está cayendo ahora mismo. La mitología aquí es la precuela del siglo XXI. Mismos dioses, distintos trajes.
Y este juego teatral no funcionaría sin él. Sin Alberto Castrillo-Ferrer. Qué animal de escenario.
Solo, en una tarima circular rodeada de candilejas – precioso diseño de Stefano Perocco -, se hace veinte personajes. Veinte. Dioses, titanes, hombres, bestias, multitudes. Entran y salen como en un vodevil clásico, pero sin puertas. No hay nada. Solo está su cuerpo, su voz y nuestro imaginario haciendo el resto del trabajo. Le miras y es Zeus. Parpadeas y es el águila. Otro parpadeo y es un humano tiritando porque acaba de descubrir el fuego.
Hay que tener fuelle y oficio para sostener esos 80 minutos sin que se caiga. Castrillo-Ferrer lo tiene. Y tiene algo más importante: hace partícipe a la cuarta pared. No rompe la cuarta pared, la invita a una copa. El público está entregado, disfrutón, hipnotizado. Se ríe, jadea, completa la escena que estaba vacía.
A esta trampa preciosa la complementa el espacio sonoro de Oswaldo Felipe y David Angulo es media función: un soplo se hace tormenta, una respiración es un incendio; el vestuario de Marie-Laure Bénard y la luz de Bucho Cariñena, que no visten, transforman.
Y en el fondo de todo, Darío Fo
No podía ser de otra forma en el año de su centenario. Este Prometeo es un homenaje sin pancarta a Darío Fo, al Nobel que entendió que la mímica, la sátira política, la Commedia dell’Arte y la bufonada no eran géneros menores, eran dinamita. Zoppello bebe de ahí sin copiar. Misma idea del actor como centro absoluto del teatro, del humor como bisturí para abrir al poder.
Por eso funciona. Porque Zoppello y Castrillo-Ferrer no encierran a Prometeo en el museo del mito. Lo sacan a la calle. Lo devuelven a un sitio donde todavía puede burlarse, sufrir, desafiar y preguntar. ¿Qué pasa cuando alguien decide desobedecer porque cree que es lo justo? Esa pregunta no ha envejecido nada.
El fuego que roba Prometeo no es solo para que no pasemos frío. Es la primera insubordinación de la historia. Y mientras haya alguien dispuesto a contarla con una tarima, una luz y veinte voces distintas, ese fuego sigue quemando.
Quizá sea precisamente ahí, entre la risa y el castigo, donde todavía conserva parte de su poder.
‘Prometeo, Bufón y Mártir’ podrá verse los días 5, 12, 19 y 26 de noviembre en el Teatro Tribueñe de Madrid.