Crítica de “EL BORBÓN ROJO”: EL REY QUE NUNCA FUE

Ignacio Amestoy firma “El Borbón Rojo”. Una hora y media con Ernesto Arias y Borja Cortés para contar la espera infinita de Juan de Borbón. Merece la pena porque te hace testigo de algo importante.

Por Cris | El universo de los Borbones es canelita en rama. Un linaje suculento desde antaño hasta este mismo año. Tenemos de todo: primos que se casan entre primos, reyes que abdican por amor, reinas que se van de compras en plena crisis, infidelidades con elefantes de por medio, cacerías, eméritos en Abu Dabi y discursos de Nochebuena que nos tienen a todos pegados a la tele. Tragicomedia pura.

Pues bien, de toda esa familia, hay uno que casi siempre se queda fuera de la foto. Un casi rey. Juan de Borbón, Juan III para los monárquicos, padre de Juan Carlos I y abuelo de Felipe VI. Su espera para convertirse en un rey que nunca llegó a ser es la que protagoniza esta tercera entrega de Ignacio Amestoy, “El Borbón Rojo”.

Se trata de un manifiesto presentado en una escenografía magnífica que ya te gana nada más entrar. Nos sitúa a pie del Panteón de los Reyes del Monasterio de El Escorial. Un marco del que no salen – bueno, entran para salir al final – sus dos protas, Juan [Ernesto Arias] y Francesillo [Borja Cortés]. Juan sale de uno de los túmulos para revisar y dignificar su propia historia. Es el único hálito en ese Panteón.

Lo que ves en escena es precioso y a la vez te oprime. No es un decorado al uso, es un Panteón de verdad. Un sitio donde la muerte lleva siglos hablando con el poder. Unos trastos que un momento son armario, al siguiente ventana y al siguiente balcón desde el que se asoma la historia. Oscuro, bonito, y te deja con la idea de que todo sobre lo que estamos sentados hoy se sostiene con cuatro palillos. Pasado, presente y un futuro que pinta en bastos, todo metido en la misma sala.

La idea general es que todo lo sostenga la palabra. “El Borbón Rojo” busca al hombre detrás del título, al que fue hijo de rey, padre de rey y nunca rey. Y lo encuentra.

El arranque, eso sí, es a toda máquina y si no te subes rápido te atropella. Desde el minuto uno es un no parar y acabas saturado. Tanta carga al principio hace que se te haga bola, que no te dé tiempo a pillar las bromas y las segundas. Que, bien mirado, es exactamente la vida que tuvo Juan.

Ernesto y Borja, tanto monta, monta tanto.

La verdad que el mecanismo que lo hace funcionar son dos ruedas que no paran: Ernesto Arias y Borja Cortés.

Lo de Arias… Ernesto está soberbio. Es un Juan atormentado, comido por el poder, que no sabe si tirar para adelante o para atrás. En esa charla eterna con Francesillo te suelta todo: que si su hijo le traiciona, que si Franco prefiere a Juan Carlos, que si se siente el último mono entre boinas y banderas. Para ser rey llega a sentarse con socialistas y comunistas, se cruza con lo más granado del país, de Felipe González a Carrillo, y aun así está más solo que la una.

Y a su lado Borja Cortés, que es Francesillo y es todo lo demás a la vez. Confidente, bufón que viene de Carlos V, memoria de cuando la Corona molaba. Se marca un quita y pon de caras que es una delicia: te clava el acento británico, te mete el deje anxoniano – el de Anxón, el que andaba por la Casa Real – y de repente te planta al generalísimo porque también hace de Franco. Es el cronista con chispa, el que le pone gracia a una historia que no la tiene, y el entrenador personal que pone a Juan a correr en una cinta que por mucho que corra no le lleva a ningún sitio.

Sobre el papel el texto lo tiene todo – documento, política, Biblia, humor – y con una estructura que es una armadura. Pero en escena se nota el exceso. La tensión del protagonista va subiendo y seguro que tiene que ver con todos esos nombres y esas tantas referencias para el entendido desfilan por cinta y escena. Todo ello pide más pausa, más aire.

En resumen, y por ir ya cerrando el telón, quién le iba a decir a Juan de Borbón que, después de toda una vida esperando, le iban a dar por fin voz para contar su espera. Y lo harían con una obra compleja, de las que te obligan a tirar del hilo en casa. Porque su vida fue eso, una odisea personal, la tragedia de un hombre que ensayó toda la vida un papel que nunca llegó a estrenar.

La sensación que queda es que “El Borbón Rojo” te hace testigo de algo importante, contado por dos actores inmensos que te dejan el gusanillo de querer saber más. Así que ya sabes, apúntate esta odisea en Tu Planning.

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